- Es ahí.
El hombre vuelve a mirarme a través del retrovisor enarcando esa ceja que ya me es tan conocida; ha sido un largo viaje. El bullicio de la noche se fue perdiendo a medida que nos acercábamos a mi destino, de hecho, toda la vida que hasta ese momento había estado adherida a mí como una lapa, desapareció en el instante en que decidiera subir al taxi.
- ¿Está segura de la dirección?
- Completamente – cómo no estarlo. Millones de veces había escrito cartas a ese lugar, millones de veces las había matado arrojándolas al vacío de la papelera. Ni siquiera sé por qué he tomado la disposición de visitarlo… un adiós es eso, un “adiós”; no significa tiempo, ni espacio, ni siquiera palpitación, es la entrada con la que desterramos las memorias hacia el olvido.
Tal vez me he equivocado de camino, son tantas las puertas abiertas que nos ofrecen sus exquisitos manjares… y yo creo haber caído en la tentación de una de ellas. “¡Mierda!” Aún estoy a tiempo de volverme, no me importa duplicar la cuantiosa cantidad de dinero que ha absorbido ya la vida de mi cartera… indecisión… la odio. ¿Qué hay en nuestro psique que nos obliga a discurrir tanto sobre algunas cuestiones? Blanqueo la mente, me ato la cuerda a los pies y salto desde el puente…
- Sí, es aquí, gracias – y bajó del coche. Primero un pie, luego el otro, seguidos por un continuo taconeo que, en otro momento y en otro lugar, me habría resultado sugerente.

Me asusta la idea de destrozar los dogmas que hasta ahora he construido “No deambular sola a estas horas” “No buscarme quebraderos de cabeza innecesarios” “No internarme en callejones sin escapatoria” – y hacia ahí voy yo, a las fauces del lobo, directa, cegada por la canción que en mi cabeza compone esa fotografía. “La he roto, ¿sabes?” Aunque ha sido un intento vano; fui ilusa al pensar que destruyendo un trozo de papel tintado con variopintos colores iba a acabar con la reminiscencia de todo… pues aquí sigue, adherido a mi ropa, apestando el ambiente que me sitia; sé que hasta que no lo elimine mis sentidos no serán capaces de advertir una nueva fragancia. “Estoy harta, ¿me oyes? (no, sé que no me oyes) Harta de que no salgas de mi vida… escribimos un adiós en nuestra historia…”
Ora hace un rato que he abandonado la cuenta de los pasos que llevo dados, el frío de la calle me está forzando a castañear los dientes… y mi abrigo, mientras tanto, dormita en la percha del recibidor consumiendo de la calefacción que bien podría yo estar ahora deleitando.
No puedo evitar exhalar un suspiro, me sosiega, es como si con él se evaporaran los conflictos; no obstante, en esta ocasión no sigue la rutina acostumbrada: el aire queda transformado en vapor y se me asienta delante de la cara, desafiante. Lo aparto con la mano diestra y no hago sino extender con ello la niebla a mi alrededor; me pierdo, tropiezo, caigo, caigo, caigo…
“¡No!” Aquí está la puerta, ya no hay escepticismo, mi cuerpo se topa al fin con el vacío y no sé si la cuerda que agarra mis extremidades será capaz de sostenerme cuando llegue a abajo. Mi locomoción ya no está supeditada a mi mente, soy una autómata que está llamando a la puerta de un “desconocido”, me he alienado de tal forma que el sonido de mis nudillos sobre el roble es tan sólo un chirrido sordo y hueco, lejano…
Una llave gira al otro lado… […]
Horas más tarde me tumbo en la cama ebria del calor que vomita su mirada; calor que se transforma en mariposas de fuego que incendian de actividad y lujuria estos versos que a pedazos va escupiendo mi pluma.
Dos cuerpos inertes, confabulados, buscan un incentivo con que justificar la pobreza de su alma. Saben de sobra que la noche será mañana, que la luna es egoísta y se presta a conferir, de vida bulliciosas, tan sólo unas cuantas horas.
Alarga su mano, con la que hace unos momentos ha recorrido mi armadura, y quita las pilas del reloj; al menos por unos instantes conseguiremos engañarnos de que el tiempo ha exhalado su último aliento.
Echamos tierra, escombros, creamos cimientos… todo sea en la tentativa fallida de silenciar la verdad que llevamos grabada en el rostro: se va consumiendo nuestra esencia, la lozanía de la que un día fardamos huye presurosa buscando nuevos habitáculos, se siente traicionada por las señales que van tintando nuestra piel. No supimos refrenarlo…
Rocío embellece de calidez nuestras mejillas y las colorea haciéndolas viajar a hace unas horas, cuando nos volvimos a conocer.
Escríbeme en el cuerpo la interrogante que también a mí me ciega indómitamente: él me dibuja líneas en la espalda… mi columna tiembla como un volcán a punto de eructar lava y activa la celeridad de mi corazón…
- ¿Por qué?
- ¿Ya está? – me sorprende y turba la concisión de sus palabras.
- Sí, ¿por qué? ¿Por qué tuvo que ser ayer noche cuando decidimos apostar nuestra carrera contra el tiempo, sabedores de que íbamos a perderla, de que íbamos a perdernos a nosotros mismos a lo largo de ella, de que acabaríamos siendo tan sólo corazas rellenas del recuerdo de una evocación miserable?
