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TINTA EN BLANCO.


De las yemas al plástico, del plástico al metal, del metal a la tinta, y de la tinta al papel. Una sucesión de palabras impresas en su mente trataban de hacerse camino hasta el amarillento papel, que asomaba torcido por el rodillo de su vieja máquina de escribir.
Eran las diez de la noche, y tras varias horas en la misma situación, sus perezosos dedos intentaban culminar aquella obra, a la cual tan solo le faltaban quince o veinte folios para finalizar.
Un vaso volcado sobre la mesa del escritorio, una gran mancha de café a su lado, y un cenicero lleno de colillas eran su única compañía.
Toda una vida dedicada a una labor que hasta ahora jamás obtuvo fruto, al menos el fruto esperado. Pero, a pesar de todo, en él todavía quedaba la esperanza de que tarde o temprano, llegaría el momento en que su trabajo fuera del agrado de alguna gran editorial.
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Pero no, la realidad no era como su mente la dibujaba. El que un día un bondadoso profesor de colegio le dijese que tenía talento, no quiere decir que fuera cierto, ni mucho menos que fuera adecuado poner todas sus ilusiones en aquellas páginas que con tanto esmero escribía. Ya que por otro lado, una redacción de un niño de 13 años nada tiene que ver con un libro cuyas páginas aspiran a ser leídas por cientos de pares de ojos.
Sólo le quedaban ya dos días para reunirse con aquel editor que conoció en una revista que leía por casualidad en la sala de espera del psiquiatra.
Le enseñaría su obra y esperaría un si por respuesta. Quizá esta vez habría suerte, probablemente no.
Muchas horas escribiendo, sus dedos demasiado débiles y sus parpados incapaces de mantenerse abiertos, le obligaron a barajar la opción de descansar, de dormir, de relajarse un rato. Y así lo hizo, su cuerpo en horizontal pronto empezó a tomar descanso, su historia en la mente… No. No acababa de ver el final, un final lo suficientemente sorprendente para que el editor la apreciase. La noche avanzó, y en algún instante de ella, dejó de ver las luces de la calle que jugaban en el techo y se durmió.

A la mañana siguiente despertó junto con el bullicio de la ciudad. Como de costumbre, repitió vestuario. Desayunó una dura magdalena que reblandeció en el frío café del día anterior, y se fue a trabajar como uno más de los casi 365 días del año. Se puso en la misma esquina de siempre. En la esquina de la calle más transitada de la ciudad, sacó su material de trabajo y esperó a que sus habituales clientes acudieran a comprarle algún que otro cupón. Unos clientes que no comprendían como una persona aparentemente tan normal podía tener ese oficio. Un individuo sin ningún tipo de discapacidad física.
Claro que tal vez su discapacidad se encontrase más allá de lo aparente, quizá en el lugar más recóndito de su cuerpo. Allá donde nadie imagina.
Después de una jornada laboral monótona y aburrida, como todas las demás, regresó a su casa. Sí, su casa, el lugar donde más le gustaba estar. Allí donde la mirada de los demás no llega. En ese cuartillo tan suyo, donde las ideas que nacían de su mente enferma, acababan dibujándose en palabras que llenaban las páginas de alguna de sus obras.
Se quitó la camisa y los zapatos y se sentó frente a su escritorio. Encendió un cigarrillo con el zippo que alguno de sus antepasados le regaló y se puso manos a la obra. Comenzó a teclear con fuerza escribiendo todo lo que se le ocurría. En sus pies descalzos el frío de un suelo helado. De su nariz salía una inmensa bocanada de humo. Y en su pecho desnudo, el vello de punta.
Pasaban las horas y seguía escribiendo sin agotarse. Los quince o veinte folios con los que pretendía concluir su obra se convertían en treinta, cuarenta… Cien. Y sus dedos continuaban con tan ilusa labor como si de la primera página se tratase.
Otra colilla más aplastada en su cenicero, otro sorbo de amargo café, y de nuevo el repetitivo sonido de la campanita que indica el cambio a un nuevo renglón.
Inmersas en su paranoico mundo, en aquella sala con un insoportable olor a tabaco y a café quemado, sus yemas no cesaban de escribir.
Escribía y escribía como si de un relato interminable se tratase.
Parecía como si su vida no tuviese otro sentido aparte del de escribir. Y así era, lo realmente importante para él estaba en aquella sala. Su tabaco, su café, su vieja máquina comprada en un domingo de rastro, sus ideas y sus dedos. Era todo cuanto tenia, y mas aún, era todo cuanto necesitaba.
Pero fundamentalmente, lo que le hacia despertar cada mañana y desear seguir viviendo era su anhelo por la publicación de su obra. De este modo, siendo su trabajo publicado, según él, dejaría de ser un don nadie.
Tras un largo tiempo, con la espalda dolorida, la vista cansada y el estomago encogido, decidió darse una ducha, cenar y acostarse.
Despertó a la mañana siguiente, ardiente en deseos de que ésta concluyese, ya que esa misma tarde se encontraría con aquel editor que tanto esperaba. Un editor en el que estaban puestas todas sus esperanzas. Las esperanzas en un futuro. En un futuro mejor. En un futuro de fama, en el que sería respetado y considerado por los demás. Pues esto era lo que realmente deseaba obtener. Fama, respeto y consideración.
Finalizó una rutinaria mañana más y corriendo se dirigió a su casa. Como un autómata inició su ritual, café, cigarrillo, escritorio… Quería ultimar su trabajo, ya que en el tiempo de dos horas, el editor llamaría a su puerta.
Sus dedos tan ágiles como siempre lograron terminar antes de que el timbre hubiera sonado.
Repasaba las páginas con avaricia como si de un tesoro se tratase. Las contó. Las volvió a contar. Y comprobó que estaban todas. 876. Suspiró.
Esas páginas eran lo más importante para él en el mundo.
Ding dong. Sus manos temblaban. Y acabando de aplastar la colilla del cigarro que fumaba, abrió la puerta.
Hizo entrar al editor, lo saludó, lo sentó en aquella sala, le sirvió una taza de café y se cercioró de que era el mismo de la foto que vio en la revista del gabinete de psiquiatría.
Al terminar de conversar, el editor se despidió, llevando la obra bajo su brazo, y afirmando que a la mañana siguiente lo llamaría para darle los resultados.
Tras cerrar la puerta y despedirse del editor, salió al balcón. No recordaba la última vez que se había asomado a él. Restos de nidos y algún pajarillo muerto lo “habitaban” junto con tiestos agrietados que algún día contuvieron plantas. Respiró aire como hacía tiempo no lo había hecho. Era aire de ciudad, pero aire al fin y al cabo.
Estaba desorientado, no sabia que hacer. En aquella obra estaba verdaderamente su vida, y ya había concluido, es más, ni siquiera la tenía en su posesión. Estaba en manos de un desconocido. Pero le consolaba pensar que al siguiente día volvería a tenerla para sí. Y quizá mucha gente también podría poseerla. Poseerla y adorarla tanto como él la adoraba. Que el mundo entero se perdiera entre sus páginas por un momento.
Habían pasado tan sólo quince minutos desde que se marchó el editor, y ya echaba de menos aquellas páginas. Estaba nervioso. Esperaba aquella llamada prometida, aún sabiendo que faltaba demasiado tiempo para que esto ocurriera.
Ese fue el peor día de su vida. No sabía que hacer, no tenía nada que hacer. No tenia nada en lo que gastar su tiempo. Tenía la sensación de que acabada su obra, acababa su vida con ella.
Fue uno de esos días en los que los segundos son minutos y los minutos horas. Un día interminable.
Se acostó temprano aquella noche, para levantarse también temprano.
Esa mañana no fue a trabajar para poder atender el teléfono en caso de que llamaran.
Durante toda la mañana el teléfono no sonó ni tan siquiera por una vez. En realidad nunca sonaba en aquella casa, salvo alguna señorita dando el tostón con la promoción de turno. Él estaba desesperado, y esperó a recibir la llamada por la tarde. Pero aquella tarde tampoco sonó el teléfono.
Pensó que de nuevo sería un fracasado. Nunca nadie hablaría de él. Realmente no tenía talento, o quizá no sabían apreciarlo.
Aquella noche se sentó en la sala, se encendió un último cigarro, y tras pegarle una ultima calada, lo tiró al suelo y lo pisó con fuerza. Abrió el segundo cajón del escritorio, sacó aquella pistola que jamás deseo necesitar. La penetró en su boca, y sin pensárselo dos veces apretó el gatillo.
Después de esto todo era silencio en aquella sala. Al poco rato se escuchó una sirena en su calle. La policía se bajó del coche, llamó a su puerta, y al ver que no abría nadie, la tiraron abajo.
Allí estaba él sentado, apunto de derrumbarse por los suelos. Y a sus pies la pistola con la que se había quitado la vida y un tomo de 876 páginas, todas en blanco, salvo la primera de ellas en la que se apreciaban con dificultad una serie de palabras borrosas, que luchaban por hacerse ver entre la escasa tinta que llegó a proporcionarles alguna reseca cinta de máquina de escribir. No sin esfuerzo se podía leer: “TINTA EN BLANCO : La historia de un escritor fracasado”.


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