VICO GONZÁLEZ FERNÁNDEZ.
Cuando me bajé en Atocha el hombre sin sombra me estaba esperando. No dijo nada, (más tarde descubriría que no era muy dado a las palabras), tan sólo con un gesto me hizo saber que tenía que seguirlo, y cuando me quise dar cuenta recorríamos los pasillos del metro, fundiéndonos entre la gente que nos envolvía en su mecánico pasar. No pude resistir la tentación, y lo hice, miré atrás, ví alejarse al tren que me había llevado hasta allí, marchaba despacio, o tal vez era yo la que iba muy deprisa, quién sabe. Pero lo cierto es que al mirar atrás descubrí que mi sombra tampoco estaba ya allí, es curioso porque no me dio miedo, más bien me sentí más ligera, y pude lanzarme a la nada de aquellos pasillos abarrotados, ansiosa de llegar a la superficie y descubrir la luz de Madrid.

A la luz de Madrid todas las sombras perdidas cobraban vida, salían de los oscuros callejones donde esperaban el final del invierno y se fundían en una extraña danza, si estabas atento podías encontrarlas en todos los rincones, la vida en Madrid latía, quién dijo que la gran ciudad era un fantasma, acaso aquellos que no la conocieron, o no se desprendieron de su sombra al llegar…
El misterioso hombre de Atocha se dejaba ver pocas veces, y cuando lo hacía no hablaba mucho, pero en sus ojos se podía leer la historia, o más bien la gran red de historias que conforman esta ciudad. Porque las ciudades, lo sabes, no están hechas de cemento y ladrillo. A las ciudades, como a todos los lugares, las van creando sus historias, las historias de las personas y también las de sus sombras, estas últimas a veces tan reales que podrían ser ciertas.
El hombre sin sombra me preguntaba si me había bajado en Atocha, si me quedaba en Madrid. A veces cuando las sombras bailaban y me arrastraban a su mágico mundo, cuando la luz y el silencio escandaloso de Madrid tejían sus misteriosos hilos en torno a mi cuerpo, sentía que la canción cobraba sentido, que aunque no diese a la gloria la Puerta de Alcalá, la gran ciudad, dueña de más de mil sombras, me atrapaba en su fluir, y quise recorrer todas sus calles, descubrir todas sus historias a la vez que la mía cobraba forma.
Un día me pediste que te hablara de Madrid, que te contara cosas de allí. Y pensé que todo lo que te contara sería poco, o más bien sería como una especie de cuento, que te podría gustar más o menos pero sería ajeno a ti. Cómo explicarte que cuando te bajes del tren tu sombra huirá, y todo lo que te pase a partir de entonces poco tendrá que ver con cualquier cosa que yo te cuente.
El hombre de la estación sabía que si seguía mucho tiempo allí, la ciudad me atraparía y mi sombra se perdería para siempre. Sabía que, a pesar de todo, “ni contigo ni sin ti”, y que yo no era uno de esos niños que envejecen en Madrid, como dice la canción. Sabía que me bajaba en Atocha, pero no me quedaba en Madrid.
El misterioso hombre sabía que un día me pedirías una historia, una historia de aquella abrumadora y fascinante ciudad, y que yo te hablaría de sueños vividos y realidades soñadas, de trenes que escapan y oportunidades que llegan, de sombras que bailan y personas que esperan.
Un buen día el hombre me llevó con él, nuevamente me hizo seguirle por los laberínticos pasillos del metro, me hizo subir a la superficie y me llevó a un lugar, a ESE lugar, un rincón entre tantos, lleno de historias como todos, y allí me reencontré con mi sombra, tomadas de la mano recorrimos la ciudad, juntas por primera vez en mucho tiempo, subimos al tren y entre las lágrimas vimos como Madrid, la ciudad sin sombra, se alejaba de nosotras.
Me pediste que te hablara de Madrid, de los sueños que despiertan allí, como dice la canción. Te contaré que a veces me bajo en Atocha, que mi sombra se aleja y se diluye en la ciudad, que entonces recorro sus calles y respiro el paso de las estaciones, como antes, y que en este lugar tan viejo siempre hay una nueva historia que tejer. Te contaré que ya no he vuelto a ver a ese hombre misterioso que me robaba la sombra siempre, pero intuyo que en algún rincón perdido de la gran ciudad, de esos llenos de historias, aquel hombre sonríe porque sabe que, después de todo, yo me bajé en Atocha… y me quedé en Madrid.
