El choque inoportuno de las gotas de agua de lluvia contra el cristal del pasado,
no desagrada ya mis tímpanos.
Aquel vibrante rugir ruidoso de los autos,
que con frecuencia me obligaba a escupir improperios,
atraviesa, sin suponer molestia alguna, mis oídos.
Esas campanas de iglesia que con tanto entusiasmo parecían repicar ayer,
hoy no son mucho más estridentes que el sigiloso tic tac de un reloj digital.
Es único sonido el que me oprime:
Este pitido maldito de audífono que me taladra el pecho.
