Me senté y contemplé el papel dubitativo, con el pulso tembloroso, y la mirada fija en algún punto de ese blanco paisaje. Mi cabeza llena de contenidos que no podía traspasar de manera lógica a otro continente. Un lápiz que no era capaz de moverse, inútil en mi mano. Y una inútil mente, incapaz de moverse en el papel. Joder, ¿cuánto tiempo seguiría así? ¿Y cuánto llevo ya? La frustración aumentaba, a la vez que los días del calendario pasaban, y cada vez era más difícil sentarse en esa vieja silla, delante del peor enemigo que he conocido jamás, mi propia imaginación. Me asomaba a la ventana, buscando una pequeña inspiración, leía el periódico en busca de unas palabras de motivación y cabalgaba canales de televisión acechando cualquier objetivo. Pero no venía. Y llevándose otro día vacío, el sueño se apoderó de mí.
Me desperté a la mañana siguiente con vagos recuerdos de lo que habría sido un sueño durante la noche. Sólo era capaz de recordar algunas imágenes sueltas, una cara quizás, nada importante. Me levanté todo lo rápido que mi entumecido cuerpo me permitió y miré la vieja silla, aún colocada delante de aquel maldito papel, un lápiz y una lámpara comprada por menos de 5 euros que reposaban en una cochambrosa mesa de madera. Sin duda era una visión aterradora. Era mi libertad, pero también mi prisión. Era un yo, y era un mío. Era lo que menos quería ver ahora, así que me preparé el desayuno y me lo tomé en la cocina, lejos de su inmaculada mirada de celulosa.
No tenía que ir al trabajo: depresión, dijeron que tenía. Bah. Una baja forzada y en casa unos meses. Como si ellos supieran como me siento. Medicuchos de pacotilla. Por mí mejor, no piso esa universidad en una temporada y santas pascuas. Unas vacaciones en mi agobiante, frustrante, enclaustrante, y solitaria casa. Solitaria. Solo.
Me hizo recordarlo. Estoy solo. Pero no siempre lo estuve, compartía mi vida con la mujer más especial y maravillosa del mundo. Éramos felices, nos queríamos, nos amábamos y todas esas estupideces que pasan entre dos personas. Pero el destino tenía un as en la manga que le daba póquer delante de mi triste full, tenía que quitármela. Tenía que arrebatármela, mi mujer, mi musa, mi vida. Recuerdos, infinidad de recuerdos que nublan mi mente y solo hacen que mi existencia sea cada vez más dolorosa.
Dolor. Dolor. Dolor.
Lo tengo. Me levanté de un salto, y corrí hacia la vieja silla, que ahora se presentaba ante mí como una ventana al mundo. Me senté y sostuve ese mordido lápiz que cobraba vida en el papel, y corría de un lado a otro sin detenerse. Dolor.
Me dolía, pero no podía parar, el dolor brotaba de mi mente, de mi mano, de mi lápiz y se derramaba en el papel como agua. Quería que lo supiesen todos, que vieran mi dolor, el dolor de un hombre atormentado, un hombre que perdió su vida, un hombre solo.
Y mientras más me dolía, más escribía y más venían esos recuerdos tan placenteros, como desgarradores, esos recuerdos que cada vez que venían, se llevaban otro pedazo de mí. Dejándome más solo. Pero esta vez era distinto, me traían la fuerza y el ritmo para seguir línea tras línea. Ahora sé quién era el rostro de mi sueño. Siempre lo he sabido, pero me engañaba para olvidarla. Era ella, que no me olvida.
Y el papel se empapaba de dolor, de recuerdos.
Y recordaba sus mimos, sus caricias, incluso podía sentirla masajear mi espalda, mientras escribía. Sus besos por el cuello y el sensual roce de sus mejillas con las mías. Mimos que te hacían olvidar porqué estabas ahí, mimos que deseas volver a sentir, pero te arrepientes de haber sentido, porque no estarán más.
Su mano entre tu pelo, o su dedo por tu espalda que hacía que se estremeciera hasta el último músculo de tu cuerpo.
Su voz al oído, o sus labios en los míos.
Y que ya no volveré a sentir.
Y recreo en mi cabeza como llegamos a esta situación, como ocurre todo, como aparece el error en la ecuación, como fallo. No, no fue el destino, fui yo. Yo fallé. Yo conducía aquel día. Yo llevaba aquel coche hacia mi propia perdición. Quizás una copa de más, el móvil que vibra, o el cigarro que se cae. No lo sé. Pero yo fallé, yo me despisté, yo perdí el control. Pero fuimos los dos los que caíamos por esa ladera dando vueltas de campana, pero fuimos los dos los que compartíamos mi error, mi fallo. Y sin, embargo, sólo ella murió. Al recuperar la conciencia, me lo dijeron, se había roto el cuello. Mi mujer, mi musa, mi vida, había muerto… por mi fallo.
Y todo vino detrás, la tristeza, el desasosiego, la soledad. Quizás es o fue lo peor de todo, la soledad, el levantarte abrazando una almohada, el sentir aún el calor que desprende su lado de la cama, el no oír su voz melodiosa, o sus gritos de enfado, el no tener un hombro sobre el que reposar. La soledad.
Y el papel se encharcaba de mimos y caricias, de fallos y de soledad. Y aquello tomaba forma.
Y derramé toda mi sinceridad sobre ese blanco papel que perdía su blancura al color negro del lápiz deslizándose.
Y con mi sinceridad iba todo ese dolor, todos esos recuerdos, y el cariño, los errores y la soledad, y sabía que tenía que soltarlo todo, era la única forma de hacerlo, no tenía a nadie, pero así, se enterarían todos de cómo me sentía, de cómo se siente un hombre castigado, y lo admito, también deprimido.
No me di cuenta, pero las lagrimas que corrían por mi rostro, se resbalaban por mi barbilla y caían a ese papel, dándole la floritura final, el decoro y el arte.
Su rostro, su cuerpo, su sonrisa; mientras me esperaba en la puerta de esa universidad de Música, y su voz que ilustraba mis pensamientos.
Dolor, Recuerdos, Mimos, Fallos, Soledad, Lagrimas, Sinceridad.
DOlor, REcuerdos, MImos, FAllos, SOLedad, LAgrimas, SInceridad.
Y la partitura quedó llena de sentimientos, de sensaciones…
Y dormí, dormí sabiendo que la mayor sinfonía de la historia había sido escrita, y aunque no supiera cómo sonaba, sabía que sería la mejor, pues estaba ella, mi vida, mi amor, mi mundo, mi todo. Su música.
