Ayer recibí una carta en la oficina. Creí que sería una tarjeta felicitándome por mi cuarenta y siete cumpleaños. Me equivoqué. Abrí el sobre, confiado. En un folio había escrito a ordenador una dirección: Av. de Libia; Hotel los Arcos y una llave, habitación 203; supuse que sería del mismo hotel. ¿Qué significa esto?, pensé. Paralizado, observaba el infinito en mi cómodo sillón de masajes. Mi mente comenzó a vagar por conjeturas, por mares agridulces, por tormentas ácidas. ¿Qué significa esto, Mateo?, volví a preguntarme. No, no, no, ella no, me dije; mientras aferraba más fuerte -a cada “no”- el folio con aquella dirección. Apoyé la cabeza en mis manos, mientras mis codos soportaban todo el peso de mis pensamientos. ¡Ella no puede hacerme esto!, grité; o quizás fue mi mente la que gritó. Después de unos segundos repitiendo aquella frase una y mil veces, noté que un sudor gélido se había apoderado de mi cuerpo, y sentía como subía carraspeando mi cerebro. Miré al techo recién pintado de un color amarillo pajizo que me pareció indigno. Y volví a gritar o volví a imaginar que gritaba: ¡Juan te voy a matar!
Me levanté, doblé cuidadosamente el folio y lo guardé en el bolsillo derecho del pantalón. Me alisé concienzudamente el traje y salí de mi despacho, austero; más que austero, jodido. Y creo que más que jodido, salí muy decidido y seguro de que iba a matar a Juan.
Todo concuerda, todo está relacionado, pensaba mientras salía de mi oficina. Soy o era, la verdad que no le sé, administrativo en nuestra amada hacienda, en la calle Gran Capitán. Venía sospechando esto desde hace mucho tiempo y quizás empezasen antes de que yo lo intuyese. No es normal esa confianza que tenían últimamente, pensaba, … tan descarada, tan amiguitos. ¡Mi amigo de toda la vida! Por eso me pidió si podía quedarse una temporada en mi casa, después del divorcio con su mujer que lo echó de casa porque lo había pillado con la panadera, ¿con la panadera? ¡Será hijo de puta!, con la panadera, ¡y una mierda, con mi mujer! Dejé que entrase en mi casa para que jodiese a sus anchas con ella, ¡seré gilipollas! Que incluso Darío ha cuidado de él. Que le ha levantado el ánimo, llevándolo a museos, a conferencias literarias, al taller de poesía donde él practica, vamos a ser sinceros, su nefasta poesía. Que bueno ha sido Darío con, con… y encima va el hijo de puta y se folla a su madre. Y en ese momento reflexioné: Esos ojos pardos y arabescos, esa piel blancuzca, su metro setenta y dos. Y yo, ojos claros, metro ochenta y seis, y con piel acaramelada, ¡joder, joder, joder!, ¡Juan estás muerto! Eso es lo que vagaba por mi mente, o eso es lo que recuerdo.
Un olor se cruzó ante mí, ante mi iluminación mental, era un olor aceitoso, resbaladizo; y entonces recordé una serpiente, y después pensé en una hiena, y eso me trasportó al engaño que estaba sufriendo y aterricé en las manos de Alberti, y dentro de él -o quizás dentro de mis recuerdos- vislumbré una poesía. Una poesía que como un candil morisco, me llevó de la mano hasta mi decisión. Así lo voy hacer, pensé. Cuando le corte el cuello, escribiré en la pared: Alguien detrás, a tu lado/ tapándote los ojos con palabras/ Detrás de ti, sin cuerpo/ sin alma/ ahumada voz de sueño (cuello quedaría mucho mejor)/ cortado… Y alguien detrás, a tu espalda, siempre (ese seré yo) For Juan.
¡Con tu sangre mi querido amigo!, me dije entre dientes.
¿Y tú? Desgraciada, pensé. Yo que mi vida te he dado, y que he sacrificado mi futuro bohemio por esta mierda de trabajo burocrático, y solo para que tuvieses una mansión como tus amiguitas engreídas y tus joyas, y tus vestidos de diseño, y tus perfumes del rincón más insospechado, y zapatos, y bolsos, y… sólo para ti. Y encima te dediqué lo más hermoso que he creado en mi vida, mi libro de poemas. Solo dedicado a ti: Veinte poemas para María, como mi querido, amado y abandonado Neruda. Sí, abandonado. Porque a él también lo abandoné, y a la belleza de Góngora, y a Juan Ramón, y a Federico, y a Alberti, y… a todos. Sí, a todos por ti. Porque sólo puedo encontrarme con ellos en la madrugada, después de doce horas de trabajo alienante en una soledad forzada, irreal, sin goce. Sólo por ti. ¿Y tú cómo me lo agradeces? Jodiendo con mi amigo. ¡Puta!. Y cuando dije “puta” me sobresalté, desperté de mis delirios, de mis divagaciones. Y me di cuenta qué no sabía cómo había llegado allí. Estaba en la Av. Barcelona, cerca de mi casa (yo vivo en la Fuensanta, cerca del cementerio San Rafael). No lo recordaba o quizás sí, bueno ahora mismo creo que no lo recordaba. ¿Cuánto tiempo estuve divagando? no lo sé, ¿dónde había estado? tampoco lo sé. Quizás estuve todo el tiempo en el parque Colón, sentado en un banco, estrujándome el corazón, o quizás después de salir de la oficina corrí desesperado atravesando la Av. De las Ollerías hasta que el aliento me faltó y me paré, o quizás no. No sé dónde ni cuánto tiempo. Sólo sé que inconscientemente me dirigía a la dirección escrita y al correspondiente Hotel los Arcos.
Mis ojos se centraron obsesivamente en un lugar: Ferretería Garrido, justo al lado del Banco La Caixa. Entré decidido. Dame el cuchillo más grande que tengas, le dije al dependiente, que era un chico muy joven y me preguntó en un tono jocoso, si era para matar a alguien. Fríamente le dije que era para cortarle el cuello a mi mejor amigo que en ese mismo momento estaría montándose a mi mujer. Vi como le cambió la cara, palideció e incluso diría que se pensó por unos instantes venderme aquel cuchillo. Pero los ochenta y cuatro euros solucionaron el problema. ¿Se lo envuelvo?, me preguntó. “No te preocupes, si lo voy a utilizar ahora mismo”, le respondí igual de serio, y me marché, dejando al muchacho con un nudo en la garganta, o quizás el nudo era mío. Aproximadamente, diez minutos tardé en llegar al hotel. Hotel Los Arcos, quince veces lo leí en la puerta, o quizás sólo fuesen dos, pero se me hicieron eternas. He pasado miles de veces por aquí, pensé. Entré. Es el típico hotel para camioneros, viajantes, representantes de lo que sea, y también el típico que utiliza tú mujer para ponerte los cuernos con tu mejor amigo.
Hola, ¿desea algo?, me dijo el recepcionista, que estaría a punto de morirse de un momento a otro por lo que pude observar por el rabillo del ojo. No le respondí, subí las escaleras como si fuese un bloque de hielo. En mi mente sólo existía la habitación 203. Conforme subía lentamente los escalones, la bolsa donde había introducido el cuchillo el muchacho, parecía que me quemase la mano. A cada paso, sentía como si el cuchillo me hablase: Mateo, Mateo, Mateo.
Estuve un tiempo indeterminado, como si lo masticase, mirando el número 203 de la habitación. Cinco segundos, veinte minutos, una hora, no lo sé. Sólo recuerdo los jadeos en su interior, los quejidos y mi imaginación construyendo aquella acción, mi mujer con Juan. Gozando sin remordimiento, creo que pensé que incluso se excitaban nombrando mi nombre. Y entonces volví a sentir que la bolsa me quemaba, y que el cuchillo me hablaba, y que mi cuerpo estaba a punto de estallar, y sólo pude decir: ¡Juan estás muerto! Cuando pronuncié la frase, metí la llave en la cerradura. Abrí la puerta despacio, no sé por qué, pero así lo hice. Todo estaba oscuro. La persianas estaban bajadas, todo cerrado, había velas por todas partes, un olor a incienso se apoderó de mí. Cuando mis ojos se acostumbraron a la lobreguez de la habitación; los vi, o mejor dicho, vi sus siluetas. La cama estaba en la parte derecha de la habitación. Ella estaba a cuatro patas, y él metiéndole su asquerosa verga por detrás. Vi sus movimientos, el sudor brillando en una oscuridad indeleble, sus rebuznos, el rechinar de la cama, lo vi todo. ¿Cuánto estuve allí contemplando el derrumbe de mi vida? No lo sé. Hasta que ellos se percataron de mi presencia. Entonces comencé a responder a las voces ensordecedoras del cuchillo, y a recordar el poema de Alberti que iba a escribir con la sangre de Juan, creo recordar que sonreí o que sonrió mi alma. Hasta que escuché: ¿Qué haces aquí papa?; ¡Esto no es lo que parece, Mateo!, de verdad, déjame que te explique. Aquellas palabras, aquel tono de voz, acallaron las voces del cuchillo. ¿Qué pasó? no lo recuerdo, ¿qué dije? tampoco lo sé. Sólo sé que me marché con mi bolsa y mi cuchillo. Entré en la primera floristería que vi y compré un ramo de tulipanes, los favoritos de María. Cuando estuve en la calle con el ramo entre mis manos, miré al cielo, y me pareció el más hermoso que jamás había visto, y me dije: Feliz cumpleaños Mateo.
