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OTRA NOCHE MÁS

Quizás era el olor a azufre que aún flotaba en el ambiente, o el dolor en mi hombro que me sacudía la cabeza advirtiéndome.

Pero ya se había acabado. No pensaba en las consecuencias que traería, no pensaba en el dolor que podía causarme ni causar. Ya no me atacaban esos horribles ruidos que machacaban mi cerebro, ya no me atormentaban esos problemas morales, que desde que se subió al coche me perseguían día y noche. Ya no sentía sus afiladas uñas destrozándome la espalda ni sus fríos ojos clavándose en mi nuca como un cuchillo. Sus provocaciones y sugerencias, sus palabras y su comportamiento blasfemo, todo había acabado.

Ya sólo quedaban los vestigios de lo que fue. Y de lo que pudo ser.

Los restos de una vida atormentada, pero no más que la mía. Ahora sería yo el que cargara con su peso y su desgracia. No sabía lo que era eso.

Aún estaba caliente.

Es curioso lo que hace presionar el gatillo de una pistola.

Te hace sentir bien.

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