Era una habitación mal iluminada – lo común en cualquier pensión allí – pero lo suficientemente barata como para poder permitírsela. Aún recordaba el día que se la recomendó su amigo: se había negado en un principio a hospedarse en ese lugar, el olor nauseabundo que inundaba la estancia había sido el único recibimiento procurado. La patrona se había limitado simplemente a darles las llaves y balbucear unas palabras tan inteligibles como le permitía el cigarro – siempre con el pitillo en la boca y esa toz resabiada que cada día se iba haciendo más pronunciada al igual que su ácido carácter – sin quitar la vista de la revista que andaba leyendo; ni siquiera se había preocupado por echarle un vistazo y analizar al supuesto nuevo inquilino. No obstante, mientras subía las viejas escaleras, había sentido su mirada – afilada – clavándosele en la nuca.
Al final, se había visto obligado a aceptar aquella opción que, para ser sinceros, era la única. Nadie quería en sus hostales a un muchachito recién llegado a la ciudad, cargado de sueños y, en la maleta, lo incierto como polizón. Si esa era la alternativa que le quedaba para poder estar allí, no iba a despecharla por mucho que le costara acostumbrarse; con el tiempo descubriría que su suerte no era menos que la de otros muchos artistas.
Escribió un nuevo símbolo sobre el papel y levantó la mirada… estaba demasiado cansado, el sueño comenzaba a hacer estragos y Morfeo poco a poco le iba arrebatando la vigilia para sumergirlo en el mundo de lo metafísico. Recorrió en unos segundos la habitación de mínimas proporciones: la cama con ese somier medio roto que había hecho al principio que se levantara todos los días como si le hubiera pasado por encima un tranvía, pero ya estaba acostumbrado, “a todo se acostumbra uno, desgraciadamente”; un armario carcomido por las polillas y el tiempo; la mesa y aquella caja conseguida en el mercado a modo de silla. Nada más, ni un cuadro, ni una fotografía, ni una cortina en la ventana…en su ventana. Era lo único que le gustaba de aquel lugar, ese diminuto huequecito al fondo desde donde podía apreciar las mejores vistas del barrio de Montmartre. Por las mañanas solía levantarse con los primeros rayos del sol – era una costumbre que se había visto obligado a tomar en la infancia, cuando viviera con sus padres; ir a trabajar codo con codo con el alba, y regresar a casa sintiéndose acompañado por el crepúsculo – y se quedaba allí un rato, de pie, observando cómo la ciudad iba bostezando perezosa y se disponía a hacer frente, un día más, a la vida cotidiana.
Unas notas musicales bailan sobre el pentagrama, inacabado; no podía seguir. Mil metamorfosis, mil y un repasos, mil y dos… y vuelta a comenzar. Y nada.
Al día siguiente se cumplía el plazo y no había conseguido siquiera clarificar la melodía definitiva. Había tratado de exprimir las notas, pero estas, como si pasado estuviera ya su tiempo de recolección, se negaban a aportar siquiera un mísero jugo.
“Tranquilo, tranquilo. Aún hay tiempo, queda toda una noche por delante, seguro que sale algo” se repetía una y otra vez. Conseguiría despojar de sus plicas a aquellos símbolos, que sobre el papel parecían mofarse de él interpretando una danza abstracta y carente de sentido, y someterlas a su inspiración.
(…)
Pasadas las tres de la madrugada el sueño fue haciendo cada vez más férrea su presencia. Los párpados jugaban a cerrársele, y cuanto más se esforzaba por mantenerlos abiertos, más oposición mostraban estos. “Duérmete, duérmete…” Parecían decirle con voz cantarina no falta de mofa. Y acabaron por conseguir su macabro propósito; desprovisto de alguna idea que le permitiera continuar, se dejó asediar por el sueño.
(…)
Lo despertaron unos impacientes golpes en la puerta. Parecía irónico, no había conseguido encontrar compás en su partitura y en aquellos instantes su corazón bombeaba sangre al ritmo de esos rudos porrazos.
Descorrió el cerrojo lo más lentamente posible, tratando de evitar el encontrarse cara a cara con la persona que detrás de la puerta estaba esperando. “Se acabó, me van a moler a palos. Me van a triturar los huesos hasta hacer polvo con ellos”. Tomó el pomo de la puerta que en un primer intento le resbaló a causa del sudor que poblaba sus manos, lo giró poco a poco, se sentía abriéndole la puerta a la muerte…
