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EL DOMINGO

Yo no estuve aquel domingo con él. Me lo contó Julia, horas después. Mariela había muerto asfixiada en la mesa de una farmacia. No podía creerlo. Le habían picado varias avispas jugando en el patio trasero de su casa; el hermano de Núnez no se percató. Se le inflamó la laringe hasta que dejó de respirar. Núnez la llevó en brazos hasta la farmacia, e intentó hacerle los primeros auxilios. Fue inútil.

Intento ordenar aquella semana extraña. Es el momento de hablar con Núnez. Ha pasado casi un año y necesito preguntarle por qué se comportó así, y desapareció durante dos meses, dónde estuvo, qué hizo. No sé por qué he dejado pasar el tiempo.

Después de ver a su sobrina, de tres años, tumbada en la mesa de la farmacia, con los labios morados y los ojos blancos, Núnez se marchó a su casa y se encerró en su habitación. Tardaron una semana en enterrar a Mariela. Durante ese tiempo apenas salía para comer, y si lo hacía, no hablaba con nadie. La mañana del segundo día, fui a su casa para saber como estaba. En el salón, lo vi tomarse un tazón de cereales sin apartar la mirada de la leche y sin decir absolutamente nada. Cuando terminó volvió a su cueva. Creí que se había vuelto loco. El cuarto día no pude soportarlo más y decidí hablar con él. Imaginé que necesitaría consuelo. No permitiría a mi amigo hundirse o sentirse solo. Me sorprendió descubrir que no me necesitaba. Él había decidido curar sus heridas con ceniza. Abrí la puerta como si tuviese miedo de cortar su llanto. Pero no lloraba. El cuarto estaba en penumbra, la única luz nacía de un flexo situado encima del escritorio. Me inquieté cuando olí a quemado. Me senté en la cama pegada a la pared, en la parte derecha, justo tras él. No dije nada al entrar, él no se movió. Estuve aproximadamente veinte minutos en la habitación. Allí presencié el ritual de mi amigo. Aquel ritual me trastornaría el sueño durante muchotiempo. Yo contemplaba su espalda, tenía la cabeza agachada, imaginé que leía. El silencio se hizo incómodo con el transcurrir de los minutos, y esperaba que se rompiese con el deseado pasar de las hojas, o con algún comentario, o incluso un suspiro; pero eso no ocurría, y yo no me sentía capaz de hablar. No sabía qué decirle. De improviso, escuché como arrancaba una hoja de aquello que leía. Se giró noventa grados a la derecha y, sobre una papelera de plástico, comenzó a quemar la hoja. ¿Qué haces? Pensé. Y entonces, descubrí en su mano derecha un rosario enredado. Di un leve salto y me pegué a la pared, mientras me aferraba al edredón. Se giró y siguió leyendo. Ese era su ritual: leer obsesivamente una hoja, mirar hacia el techo largo rato, arrancar la hoja, girarse y quemarla. Dos veces fui testigo de aquella inexplicable rutina, hasta que él me dijo, sin volverse: Vete, por favor. Quise decirle algo, darle ánimos, hacerle entender que estaba a su lado, pero no pronuncié palabra. Me levanté, y me disponía a marcharme, cuando no pude evitar mirar por encima de su hombro. Quería saber qué leía. Maldita curiosidad. Intenté borrar aquella imagen de Núnez leyendo la Biblia y, después, quemar sus hojas lentamente. Intenté olvidarlo pero no he podido. Con aquellas cenizas se esfumó una parte de él, tal vez lo que quiso quemar se haya convertido en nuestra distancia.

El siguiente domingo enterraron a Mariela. Temía que Núnez no interrumpiera su ritual para asistir al funeral. Asistió. Cuando llegué, el coche fúnebre se encontraba situado en la puerta de la iglesia. Julia, Paco, el Canijo y Manuel aguardaban un poco alejados del bloque de familiares, situados en el centro. Ellos no lloraban, tampoco lo hacía Núnez; sin embargo, los familiares se consolaban unos a otros.

Entramos en la iglesia. Núnez y su padre llevaban el ataúd, sólo necesitaban cuatro brazos, la pobre Mariela pesaba poco. Me senté en la cuarta banca, en la parte izquierda, cerca del pasillo; Núnez estaba en la segunda, en la misma posición. El sacerdote comenzó el sermón. Algunas personas se santiguaron. Oremos, dijo el cura, y el murmullo apenas se oía. Núnez no dejaba de mirarse los zapatos negros, ni si quiera se levantaba del banco cuando lo indicaba el cura.

— Y Jesucristo le dijo a Pedro: ¡Tú piensas como los hombres, fuera de aquí Satanás! Cuando lo iban a crucificar— gritó el cura, levantando los brazos al cielo. Comencé a prestar atención al cura, y descubrí que Núnez también lo escuchaba. Era un hombre imberbe y de hombros estrechos, sería colombiano o ecuatoriano, no supe distinguirlo. Alternaba el sermón con breves cánticos,
que él mismo interpretaba, animándonos a seguirlo.

No entiende que esto es un funeral y la gente no le apetece cantar, pensé. Núnez seguía muy atento a las palabras del cura.
…. No hay que temer a la muerte. Es una bendición— decía con una amplia sonrisa de idiota— ¡Si, hermanos, una bendición! Aquí estamos de paso, es nuestra muerte en vida para después morir y vivir eternamente— En aquel instante, imité que tosía para disimular la risa, no pude soportar aquella adaptación cutre de Santa Teresa de Jesús. Núnez mantenía las manos apoyadas en las rodillas.

…. Por eso nuestra hermana Mariela está con nuestro padre. Es difícil aceptarlo, pero debemos sentirnos felices, está en el Paraíso. Algún día podremos verla, pero todavía seguiremos en este mundo terrenal— y mientras bajaba los brazos y la cabeza, dijo: La pequeña Mariela es una afortunada.

Núnez se levantó y fue hacia el altar. El cura lo observaba con otra risita estúpida. Nunca imaginé lo que seguiría. Núnez sacó una pistola y apuntó a la cabeza del cura. Me puse de pie. Varias personas me imitaron, o tal vez las imité yo. Escuché gritos, palabras sueltas. No dije nada, sólo intentaba mantenerme rígido.

¿Qué coño haces, Núnez? Le gritó su padre. El hermano y el tío intentaron subir, pero Núnez dijo: Si sube alguien le pego un tiro, me da igual que sea de mi familia. Le creí, y ellos también, porque se quedaron clavados. Después todo fue muy rápido y difuso. Dos voces; los demás fuimos espectadores de una situación que creíamos irreal, que esperaba fuese irreal. Pero no lo fue.
No sé por qué llevaba una pistola encima, aunque puedo imaginármelo. Supongo no soportó el sermón del cura desde el altar, los cánticos, y tener que levantarse y sentarse cuando el señor del vestido blanco lo ordenara. Explotó.

Lo que se dijeron en el altar, entre la tensión y la sorpresa, lo recordaba transfigurado, Julia y Manuel me ayudaron a reconstruir aquellas frases. Núnez le gritó al cura apuntándole con la pistola:

— ¿Qué es una afortunada? ¡Pero si sólo tenía tres años, hijo de puta!.

— Pero qué… ¡Tranquilícese, hermano! ¡Por favor, tranquilízate!-
Le imploraba el cura con las manos levantadas.

— ¿Qué me tranquilice? Yo te voy a librar de todos tus pecados, hermanito mío. Ahora te vas a reunir con tu querido papá, para que le beses todo lo que quieras.

— ¡Tranquilo, por dios, tranquilo!

— Por dios, claro. Por dios y por los ángeles que te vas a reunir con ellos.

— ¡Tranquilo por dios, tranquilo! ¿Pero yo qué te he hecho?
¡Dímelo qué te he hecho!-El cura estaba al borde del llanto, cada vez se encontraba más cerca del suelo.

— ¿Y tú crees que mi sobrina hizo algo?

— ¡No me mates, por dios!

— ¿Cómo que no? Pero si vas a ser un afortunado, hermanito.
Vas a vivir en el paraíso y a dejar este mundo de mierda. Vas a cumplir tu sueño.

— Yo sólo me hice cura porque en mi país es la única manera decente de sobrevivir.

Aquella respuesta cambió la situación, lo pude ver en el rostro de Núnez. Comenzó a bajar el brazo como si la pistola fuese un detector de algo que él no comprendía, un detector con una luz que se había puesto verde. Yo seguía de pie, al igual que su hermano y su tío. Nadie hablaba, nadie se movía en la iglesia. Cuando su brazo derecho rozó la pierna y se detuvo, Núnez dijo:

-Joder que asco de mundo- No fue un reproche, ni un grito, por lo menos yo no lo sentí así, quizá un lamento, o pura impotencia. No lo sé, sólo dijo eso: Joder que asco de mundo. Y creo, esta impresión también la tuvieron Julia y Manuel, aunque esto es pensar por todos los que allí estaban, esas palabras las pronunciamos en algún momento todos, antes o después de aquel suceso, o mientras ocurría, o cuando Núnez se marchó con la pistola y comenzó la gente a abandonar la iglesia, o después en sus casas; pero creo que en algún momento todos murmuramos aquella frase.

Núnez se guardó la pistola y se marchó de la iglesia. Nadie le siguió. Anduvo desaparecido durante dos meses. Sus padres no avisaron a la policía. Creo que lo he dicho o pensado antes, lo conocían mejor que yo. El cura no lo denunció y sigue dando sus sermones en la iglesia del barrio, aunque suprimió aquel discurso y la palabra afortunada. Pero lo mejor de todo, o lo peor, o yo que sé, no sé como denominarlo; quizá lo más extraño, es que Núnez, desde su regreso, hace más de ocho meses, visita al cura casi todas las semanas. Cualquier día, menos los domingos. El Domingo para él no existe.

JMSEGFERI dice,

Marzo 17, 2010 @ 01:59

No soy un entendido en relatos, solo exijo que el escritor me trasmita con lo que escriba y de la forma que lo escriba y este relato me ha transmitido, enhorabuena.

Salva dice,

Abril 5, 2010 @ 11:59

Gracias por partida doble: por tu opinión del relato, y por participar y comentar aquí. Espero que sigas visitándonos.

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