Sí, creo que aquella noche las llevaba negras y sin saber cómo ni por qué me vi sola en la barra de la nueva discoteca de moda. Eso sí, siempre al acecho; aunque luego me haga la acechada para no desgravar algún estúpido ego masculino con mis artes de mala fémina. Mirara a donde mirara todos me resultaban cortados por la misma tijera, don juanes poco resabiados que parecieran tener un cartel en la frente “Soy un amasijo de olores entre JB con Red Bull y colonia baratita” de los que cuando ven a una mujer con mayúsculas no se les ocurre otra cosa que pedirte el Tuenti. Así que visto lo visto, me dispuse a pasar lo que quedaba de noche del sábado moviendo mi copa para mezclar bien el vodka con la lima, cuando de repente vi al fondo de la barra, lo que parecía ser el único hombre de toda la sala. Aunque sentado parecía alto, de complexión normal y una cara de chulazo digna de arañar en cualquier momento de lujurioso tormento. De repente Don Chulazo me mira y me sonríe. Otra en mi lugar hubiera metido la cabeza en el bolso y se lo hubiera contado a sus amigas dos tardes después, pero yo no; porque una, que es polaca, tiene una re-puta-ción que mantener y porque Don Chulazo me había sonreído sin rodeos ni miramientos. Me recoloqué las gemelas, y le guiñé un ojo. Se levantó del taburete y se dirigió a mí, cuando estaba lo suficiente cerca sacó la cartera y empezó a rebuscar hasta que sacó una moneda. Se aproximó a mi oído y habló “Si sale cara te arrancaré las medias en mi casa, si sale cruz en la tuya” lanzó la moneda al aire, viciado ya, y sobrevoló unos instantes nuestras cabezas para caer de nuevo en su mano. Salió cara y por primera vez me alegré de verle la cara a Juan Carlos porque me había dejado las camas sin hacer. Di mi último largo trago, y agarró mi mano con una delicadeza que escondía la fuerza bruta de mi Don Chulazo. Efectivamente me llevó a su casa, un pisito céntrico de estilo desenfadado, y en el que dos segundos después de cruzar la puerta me quitó las medias y las arrojó por la ventana. “Me encanta su descaro” pensé mientras me llevaba en volandas por toda la estancia, sin rumbo fijo, derribando todo el mobiliario. Palmeó varias veces mis caderas mientras farfullaba atropelladamente que quería azotarme. Se deshizo de mi sujetador con una mano mientras que con otra se quitaba la chupa. “Don Chulazo es un virtuoso” me decía a mí misma mordiéndome los labios, al imaginar lo que estaba a punto de acontecer. Se quitó los pantalones cual stripper y de repente sucedió lo inimaginable… su tamaño escrotal solo comparable con un mondadientes me asustó, estaba ante lo que popularmente conocido como un micropene. En un instante el atractivo sexual de mi Don Chulazo desapareció como antaño despareció Rumasa y me vi allí con cara de gilipollas sin saber cómo escapar de la situación sin hacer mella en su autoestima de hombre suficiente. Fingí un desmayo, un pequeño desvanecimiento; gracias a mis grandes dotes como actriz salí de allí como si me acabara de dar una lipotimia, no sin antes llamar a un taxi. Cuando salí del portal vi allí las medias tiradas en la acera y no pude más que reírme, al instante llegó el taxi. Y me alejé mientras miraba aquellas medias desparramadas en los adoquines, sabiendo que a partir de ese momento para mí “Chiquitita” sería algo más que una canción de ABBA.
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PRINCESA POLACA
