Descubrí esta edición buscando un artículo que Cortázar hizo sobre Alejandra. El artículo no lo encontré, quizá no exista, pero descubrí una singular edición de la poesía completa de Pizarnik.
Apenas comencé a leer la antología, me pareció el mayor homenaje que se le podía hacer. Seré más conciso. Nunca he leído una edición que se asemeja tanto a un autor, y no me refiero a su obra, sino a la edición en sí. Todo había sido estudiado. Como podéis observar en la foto, la pasta es de color cartón, su nombre aparece pequeño y con letras simples, quizás como imagino el cuerpo de Alejandra: pequeño y simple. En su interior no aparece biografía alguna, ni fecha de nacimiento, ni estudios, ni obra, nada, sobre Alejandra. Sólo su nombre y sus poemarios. Tampoco se encuentra ningún estudio intelectualoide que perfile la interpretación del lector, que señale los puntos a acariciar. No hay guía para profundizar en Alejandra, aparecerá desnuda, y tendremos que desnudarnos junto a ella, si queremos sentirla. Es una edición como Alejandra fue: toda poesía, todo lenguaje. Esperando que un mundo sea desenterrado por el lenguaje, alguien canta el lugar en que se forma el silencio. Luego comprobará que no porque se muestre furioso existe el mar, ni tampoco el mundo. Por eso cada palabra dice lo que dice y además más y otra cosa (El Infierno musical). Fue toda lenguaje, todo poesía. En la edición sólo existen sus versos; sus poemarios ordenados cronológicamente. Sólo sus versos porque sólo y todo era poesía.
En julio de 1955 (tenía apenas 19 años) escribe en su diario: «Aún no rechazo íntegramente el mundo. Aún me aferro a los engaños gestadores de ilusiones fantásticas. Aún sopla en mí la optimista esperanza de hallar el puente transitable entre los límites y el infinito. Aún no tengo conciencia de la total impotencia del hombre»
Imagino a Alejandra con apenas diez años sentada en un bordillo de cemento, en el patio de su colegio, con las manos entrelazadas, observando como el viento mueve una hoja de papel. Mientras sus compañeros saltan y corren.
Alejandra pertenece a esa clase de intelectuales llamados: “malditos” Esos Kafka, Pavese, Baudelaire, Bukowski, Salinger, Baroja, que poseían una visión del mundo personal y única. Una visión corrosiva y lúcida. Esos que decidieron seguir su camino a pesar de todo. Esos pensadores errantes.
Ojalá pudiera vivir solamente en éxtasis, haciendo el cuerpo del poema con mi cuerpo, rescatando cada frase con mis días y con mis semanas, infundiéndole al poema mi soplo a medida que cada letra de cada palabra haya sido sacrificada en las ceremonias del vivir. (El deseo de la palabra)
Esa fue su existencia: una búsqueda constante por arrancarle al día horas para fundirse en el poema, para perfilar su cuerpo con palabras, para envolver el mundo con versos y letras. Pero siempre, creía, que iba detrás. Como el que corre tras algo y está apunto de alcanzarlo, pero siempre está apunto y nunca lo alcanza, siempre viviendo con esa alienante impotencia de búsqueda. Este poema pertenece a su poemario El infierno musical. El último poemario que Alejandra Pizarnik escribió.
Que cada letra de cada palabra haya sido sacrificada en las ceremonias del vivir, estaba cansada de las ceremonias del vivir, sólo deseaba escribir, dedicar cada minuto a cada letra de cada palabra. Alejandra, por aquella época, estaba internada en un siquiátrico, crisis e intentos de suicidio. Le dieron permiso para salir unos días por buen comportamiento. Ella sabía que no volvería, el sueño de arañar horas al día se había esfumado, el suicidio fue su último acto. El último verso que escribiría, pero no sería en papel.
No sé que tiene el suicidio que me atrae tanto. Quizás porque creo que ellos lo utilizaron como el mayor acto de liberación. En La Colmena aparece una frase de Nietzsche (Aurora. Reflexiones sobre los prejuicios morales): La compasión viene a ser el antídoto del suicidio, por ser un sentimiento que proporciona placer y que nos suministra, en pequeñas dosis, el goce de la superioridad. Y si la compasión no existe, ¿qué sería el suicidio? ¿Un acto de liberación? ¿De cobardía? ¿De entrega? Alejandra no sentía compasión, porque no encontraba en la literatura superioridad (¿saben de qué les hablo?) sino la más pura y simple naturalidad. Y si su creencia, su dios: el lenguaje no le permitía alcanzar lo que deseaba, no le permitía encontrarse, Explicar con palabras de este mundo/ que partió de mí un barco llevándome. ¿Qué es el suicidio?
¿Por qué Cesare Pavese se suicidó, en una habitación de un hotel, tras haber recibido un premio literario?
La búsqueda de la identidad, la existencia.
No puedo hablar para nada decir. Por eso nos perdemos, yo y el poema, en la tentativa inútil de transcribir relaciones ardientes.
¿A dónde la conduce esta escritura? A lo negro, a lo estéril, a lo fragmentado. (Piedra fundamental)
¿Alejandra llegó a lo negro, a lo estéril, a lo fragmentado?
A veces, cuando escribo hasta tarde, subo a la azotea a contemplar la oscuridad y escuchar el silencio(sí, soy un romántico) Entonces pienso en Alejandra, Temo dejar de ser/ la que no fui // beber en el silencio/ adentro del silencio. Ya no tienes que temer, por fin, eres silencio y oscuridad. Ya no tienes que sufrir frío ni sed. Ya no tienes que soportar las ceremonias del vivir.
Esta edición es un nodiálogo constante con Alejandra. Desde su primer poemario, quizá lo único que sustituiría, por el rechazo que siempre sintió Alejandra, es su primer poemario, símbolo de su infancia. Pasando por La Última Inocencia (1956), Las aventuras perdidas (1958), aunque su primer gran poemario fue Árbol de Diana (1962) Donde la noche, el silencio y la soledad serán amigos inseparables que le ayudarán a soportar la tristeza, la angustia y la frustración. Tras Árbol de Diana, llegarán tres poemarios que irán diluyendo la poca luz y esperanza que quedaba en Alejandra. Los Trabajos y la noches (1965), Extracción de la piedra de la locura (1968) y El infierno musical (1971).
Vida y obra un único ser. En la edición, sentiremos la caída al vacío de Alejandra, desde su juventud solitaria y triste, hasta el desarraigo, la continua búsqueda de su identidad y del lenguaje en su máxima expresión. No acabó ninguna carrera universitaria, profundizó en la escritura y la pintura. Su vida fue una continua búsqueda, pero ¿de qué? ¿Hacia dónde?
Os confesaré algo: he llegado a amar esa decisión de búsqueda inquebrantable, esa indagación que no entendía de hambre ni sufrimiento, esa búsqueda que estaba avocada, como creo que ella siempre supo, como creo que también sabían esos “malditos”, al sufrimiento, a un fin que no comprendía de cristales en el suelo.
Rechazó el mundo. No aferrándose a los engaños gestadores de ilusiones fantásticas. Ya no soplaba en ella la optimista esperanza de hallar el puente transitable entre los límites y el infinito. Tenía conciencia de la total impotencia del hombre. Se suicidó de una sobredosis de soconal, en aquella salida de fin de semana.
Como estáis comprobando esto no es una crítica, ni este es el final sino su principio. Podéis empezar a leer por donde queráis, pero Alejandra Pizarnik siempre aparecerá inmutable, idéntica. Esto no es una crítica, más bien es lo que siempre soñé escribir, una carta a ella, a esa mujer frágil, sensible, miedosa y por encima de todo: poeta. Una carta a alguien con la que desearía tomarme un café a las dos de la madrugada, sentado, junto a ella, hasta el amanecer, sin dirigirnos la palabra. Yo he dado el primer paso, espero tú respuesta. Ya sabes dónde vivo.
Te alejas de los nombres
que hilan el silencio de las cosas.
Cold in Hand Blues
y qué es lo que vas a decir
voy a decir solamente algo
y qué es lo que vas a hacer
voy a ocultarme en el lenguaje
y por qué
tengo miedo
