Apunté el día que la vi en una libreta que todavía conservo, fue el quince de mayo, un quince soleado, tibio; recuerdo como los rayos del sol daban levemente en su rostro, iluminándola como un ángel, me pidió la hora y yo le respondí,
me sonrió y me dio las gracias. La vi refugiarse entre el barullo de la hora punta, envolviéndose en el manto de la gente que no la apreciaba. Desapareció con su jersey blanco y sus vaqueros ajustados, su larga melena rubia, rizada, flotando al son de sus pasos. Maravillosa.
Comencé a desear saber su nombre, el mismo deseo que sentía por su ser, su alma, su mente. Ella, imponente como una gran torre, bella como cualquier escultura griega, la Victoria de Samotracia sin alas y sin barco. Mármol puro su piel, blanca, pulida. De facciones marcadas, unos ojos verde claro en los me hundí como si fuese un mar profundo, unos labios carnosos, como dos bonitas balsas decoradas de brillo labial. Su nariz no era ni grande ni pequeña, ni demasiado fina. Era la perfección con caderas, con curvas.
Una maldición para el hombre, algo inalcanzable, excepto para los pocos privilegiados que la habrían llevado a su cama para maltratarla, para mancillarla y después despreciarla como un trapo, como un pañuelo al que has usado demasiadas veces, o como un juguete del que te has cansado. Los hombres, impúdicos animales, dejándose llevar por la educación marchita y machista, había, seguro, deseado a mi nuevo ángel, al más bello ángel que paseaba por aquellas calles en dirección a ¿su trabajo?¿su casa?¿de compras? Tenía que averiguarlo.
Me desperté temprano al día siguiente, me acicalé, falté al trabajo y me fui a la misma calle donde la había visto y allí la esperé, dos horas y media de reloj, de mi Rolex de imitación que aquel día me puse, como en todos los días especiales. La vi pasar a las once de la mañana, con una cartera en su mano derecha, la miré a los ojos, fue fugaz, y le pedí la hora. No llevo reloj, me dijo y sonrió. Me reconoció, pero no dijo nada para que la gente, toda aquella gente que andaba con prisas, no viese nuestro amor, la relación que comenzábamos en aquel momento, con una simple mirada, con un simple cruce de dos frases. La amaba con todo mi corazón porque el amor a veces es fugaz e instantáneo, como un segundo de mi Rolex. A veces los humanos somos
tan imprevisibles que llegamos a perseguir al deseo por la calle, a ansiarlo de una manera tal que se hace casi insoportable. Obsesiona. No pude evitarlo y salí a correr tras ella, calle abajo, como loco, gritando: tú, tú, desgañitándome.
Pero no la veía, la había perdido, sí, había desaparecido para siempre. Un coche me rozó la rodilla y caí, caí al suelo y no me pude levantar. Pronto acudieron a socorrerme, más tarde supe que me había dado un infarto, es decir, se me había parado el corazón porque mi amor se había ido.
Pero ya no se irá más, ahora está aquí, conmigo, sentada en esa silla de ahí al lado. ¿Qué quieres mi amor? No, no me insultes, toma, toma un poquito de agua, pero no vayas a gritar, ¿verdad que no vas a gritar? Buena chica.
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GENE GENIUS
